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miércoles, 15 de marzo de 2017

CUENTALUZ: La aventura del Duero


El Duero se presta a aventura. Lanzarse a navegar el Duero, como ha hecho estos días el intrépido Quico Taronji, subido en su tabla de paddle surf, parece más que un reto una verdadera locura. Las duras exigencias y demás inconveniencias del "viaje" no han sido capaces de neutralizar la pasión de aventura para quienes, como Quico, llevan en sus genes ese instinto aventurero de superar lo insuperable, llegando incluso a coquetear con sus propios límites.

Cuando era chaval recuerdo que un día llegó al pueblo otro aventurero del Duero. Venía navegando en piragua desde Soria con intenciones de llegar también hasta el final del trayecto. Estaba preguntando en el pueblo para ver si alguien  le podía trasladar a él y a su piragua, no sé exactamente por qué motivo, hasta Aranda de Duero. Mi padre no puso ninguna objeción, enseguida le abrió las puertas de la cochera para enseñarle su flamante Seat 850, y le preguntó: "¿Éste te podría valer?". Por supuesto que sí. Fueron hasta el río a por la piragua, la cargaron en la baca y enseguida le ubicó en su destino. Mi padre comentó que para pagarle la gasolina estuvo desdoblando con cuidado los billetes mojados.

Siempre nos han inculcado un cierto temor al Duero. Son varios los episodios trágicos que se han producido en el río y que nos han enseñado a tenerle cierta consideración y respeto. La piedra que aún permanece en las proximidades del puente, conmemorativa del ahogamiento de alguno de los nuestros, nos lo sigue recordando. Pero ese temor normalmente se ha traducido en prudencia y no en miedo. El Duero era también el lugar habitual de baño de la generación de nuestros padres. Hace poco me comentaron que de jóvenes mi tío Teo y el Noé se iban nadando desde las terreras de la roza hasta el puente. Es un tramo de aguas tranquilas, pero tampoco se lo recomendaría a nadie que no llevara en su ADN algo de espíritu aventurero. Apostándose en el puente con una caña (matizo, de pescar) también se pueden pasar buenos ratos, disfrutando de un bonito paisaje ribereño. 

¡Enhorabuena Quico!,  por embarcarte y conseguir llevar a buen término esa gran aventura, la aventura del Duero.

martes, 7 de marzo de 2017

CUENTALUZ: Los murciélagos fuman

Los murciélagos se cobijan en los lugares más insospechados. Los he visto meterse hasta en los agujeros de los ladrillos de alguna vieja fachada, lo cual parece increíble, sobre todo por lo complicado que tiene que ser acertar a identificar tu correspondiente agujerito de 3 x 2 centímetros. También los hay, o los había según he oído, entre las rendijas de las piedras del puente romano. Seguramente éste es un buen lugar para residir, 'murciélagamente' hablando, teniendo en cuenta que siempre hay abundantes insectos circulando por los alrededores del río, dieta habitual de estos curiosos bichejos.

Seguir viéndolos en el pueblo por las noches es quizás el mejor indicador de que los ecosistemas que los sustentan se mantienen en buenas condiciones, aunque no me haga ninguna gracia que empiecen a revolotear cuando entro alguna vez en la casa vieja de mi abuelo. Todo sea por el gran beneficio que parece ser que nos reportan.

De chavales pudimos comprobar que los murciélagos fuman. Lo que ahora nos parece una aberración infame, en aquéllos tiempos nos parecía un experimento cuasi-biológico. Alguno de los mayores les ponía el cigarro en la boca y en verdad fumaban. Vamos a ver, quiero creer que más bien era un intento de respirar oxígeno el que le producía al animal el deseo compulsivo de seguir aspirando aquél humeante Ducados, pero en cualquier caso nos quedó claro que fumar fuman. 


lunes, 27 de febrero de 2017

CUENTALUZ: Gambas en el Duero

... Y me dijo:

"Tienes que coger una gavilla de aliagas, atarlas con una cuerda y echarlas al Duero. Con mucho cuidado de no pincharte con las espinas. La dejas allí unos días, con el cordel atado en la orilla en alguna rama o en la hierba."

Y ésto ¿para qué?



Pues para coger un buen cebo para pescar. "...Y el día que vayas a por ella te llevas un plástico y lo pones en la orilla. Tiras de la cuerda de la gavilla, ayudado con una horquilla, como si fuera un retel y las recoges en un bote"

Me despertó sobre todo curiosidad creer que esos animalitos se iban a esconder ahí, entre las espinas de la aliaga. Cosa bien diferente ya sería llevarse a la cesta un buen barbo con la ayuda de esa golosina. Pero había que verlas, parecía tan increíble que al principio nos pareció que estaba bromeando...

Al cabo de unos días regresamos a levantar la aliaga. Pesaba mucho, quizás pusimos demasiadas... No contábamos con que la gavilla se va impregnando de lodo, algas, etc. que hizo que aumentara mucho su peso. La conseguimos levantar para apoyarla en el plástico, y... ¡auténtico!... ahí estaban saltando... parecía increíble, eran quisquillas. Pequeñas gambitas medio transparentes. Camarones de agua dulce.

El número de barbos que pescamos con aquella delicatessen ya os lo podéis imaginar, cero. Pero era cierto, otra vez nos quedamos sorprendidos por aquél, para nosotros, gran descubrimiento: había gambas en el Duero.



jueves, 12 de enero de 2017

CUENTALUZ: Aquí nos hacemos ricos, mamá

¿Es posible hacerse rico cogiendo endrinas? Quizás si las pagaran a precio de oro podría ser que sí, quien sabe, porque había años que había muchas endrinas en Andaluz, tantas como para que llegara a exclamar un día, al ver aquellos endrinos repletos, esa frase que me salió de dentro "Mamá, aquí nos hacemos ricos", y que posiblemente permanece en mi memoria gracias a las veces que lo comentó después mi madre. Pero evidentemente sobre 15 pesetas el kilo, que si mal no recuerdo era el precio que se pagaba allá por los setenta, el dinero que se sacaba por las endrinas era como una ridícula propina por un duro día de trabajo en el campo.

En aquellos días de Septiembre venía un comerciante en su pequeña furgoneta a recoger las endrinas, ese fruto que se aprovecha para hacer el licor del pacharán. Casi todo el pueblo se movilizaba para ir de endrino en endrino ordeñando y llenando calderos. Y cada uno utilizaba su particular e imaginativa técnica 'cavila' para recogerlas, desde varear poniendo un plástico debajo hasta fabricarse alguna artesanal herramienta. Yo colaboraba más de recadero llevándolas a casa en un saco cogido al soporte de la bicicleta, por supuesto la BH, cuando ya se había llenado el recipiente.

Otra forma de sacarse algún jornal en el pueblo era ayudando al Angel a sacar la miel de los panales, en su pequeña explotación apícola. Disponía de dos máquinas extractoras por fuerza centrífuga que funcionaban con alubia y garbanzo, es decir, a base de brazo. Pasabas allí la tarde, y no era un trabajo que pudiéramos denominar muy rentable, como todo lo artesano. Se cobraba poco pero, eso sí, comías miel a demanda, sin límites, ponías los dedos debajo del chorro y a la boca. Más que comer miel, engullías miel. También fui algún día a catar la miel a las colmenas, una bonita experiencia.

Recuerdo su carácter siempre sonriente y verle allí debajo de la amarilla luz que daba aquella bombilla, con alguna abeja desorientada revoloteando alrededor, quitando con una paleta esa fina capa que tapaba las celditas del panal. Tenía unos pucherillos con agua caliente al lado de la lumbre para limpiar las paletas que utilizaba para raspar la cera. El agua dulce que quedaba al finalizar la jornada se utilizaba para hacer un excelente dulce gelatinoso que llamaban mostillo y que no he vuelto a tomar desde aquellos años. Tampoco he conseguido dar con su receta buscando por internet. Tendremos que intentar recuperarla, pues era un postre exquisito y original.
                                                             




miércoles, 11 de enero de 2017

CUENTALUZ: El sonido del silencio

Desde niño siempre me ha impresionado el silencio que se 'respira' en el pueblo. Un silencio que transmite quietud, paz y desconexión. La sensación de que el mundo se ha detenido. El silencio que es capaz de hacer protagonista y ensalzar el suave canto de un jilguero o la ligera brisa que mueve las hojas de un árbol. El silencio es quien afortunadamente consigue que apreciemos todos esos pequeños matices, es el dueño de la mirada, del resto de nuestros sentidos.

El silencio es sentir. Sentir la naturaleza, las aguas del Duero, el viento, la tierra, el caño de la fuente que borbotea, la vibración del aire al paso de un buitre, el canto de la perdiz... Sentir la magia especial del silencio. Sentir tu propia respiración. Sentir las pisadas de alguien que se acerca. El silencio es como ver a tu alrededor una película con la voz en off. Una atractiva película en color que te absorbe, que recorres con la mirada, que te inspira, que te recrea, y en la que realmente te llegas a sentir el actor principal.

Me molesta romper el silencio. En ocasiones, cuando llego a la huerta y  pongo en marcha el motocultor o la motosierra me siento culpable de interrumpir esa armonía, de ser el extraño que altera el equilibrio natural establecido, el inadaptado al silencio, el profanador de un misterioso secreto, el aliado del ruido.

Quiero despertarme por la mañana, abrir las ventanas, que me deslumbre el sol, respirar un soplo de aire fresco, sentir el silencio, oir pasar a una bandada de golondrinas que me ensordezca con su trino. Quiero seguir percibiendo las mismas sensaciones que tengo desde niño. Quiero despertarme donde se pueda escuchar el agradable sonido del silencio.


jueves, 5 de enero de 2017

CUENTALUZ: Somos cavilas

Está claro que en Andaluz se cavila mucho, siempre se ha cavilado, por algo nos tildan con ese singular apelativo, cavilas. Cualquier problema o dificultad, por complicado que parezca, tiene escondido una solución, pero es preciso cavilar para encontrarla. Si no la encuentras, lo más seguro es que no hayas cavilado aún lo suficiente. Así es.

"Sería de las pocas cosas que se me han resistido", decía mi padre cuando alguien empezaba a dudar de la posible enmienda de algún retorcido asunto, trabajo o chapuza que requería de alguna imaginativa o improvisada actuación en la que pudiera estar inmerso. Desde arreglar un tejado hasta reparar la excavadora de mi tío Joaquín. La escuela de la vida les había dado muchas lecciones, ciertamente. Cuantas más penurias pasaron, más aprendieron. Era vital para ellos tener bien engrasado ese 'rodamiento cavila'  para sobrevivir a la adversidad.

Recuerdo que un día entró un albañil en la cuadra de la casa de mis abuelos y manifestó su perplejidad porque era la primera vez que veía ese curioso 'sistema', made in Andaluz, que permitía con una sola bombilla alumbrar a las dos cuadras de la casa, que estaban separadas por un tabique.

Y es que Andaluz tuvo también, en aquellos años de posguerra, la dicha de ser uno de los primeros pueblos de la comarca que contaba con un generador de electricidad, gracias a su molino viejo. Si mal no recuerdo, según he oído contar, cuando empezó a funcionar, se distribuyeron bombillas por familias y se estableció un insignificante máximo de unos 10 watios. Sí, 10 watios o menos. Todo un lujo, comparado con tener que estar a la luz de las velas, de aquellas finas y alargadas velas portátiles enrollables que iluminaban con más penumbra que luz, y que recuerdo que mi abuela encendía para entrar a la despensa.

Por cierto, que lo dejamos antes a medias; no sé si habéis cavilado ya sobre cómo conseguir dar luz con una sóla bombilla a dos estancias separadas, como os había comentado anteriormente. Esas carencias de electricidad seguro que fueron la clave para conseguir 'cavilar' la solución. Es muy sencillo. Se dirige el cable hasta un punto central del tabique intermedio, se hace un agujero y se sitúa la bombilla en medio del tabique. Ya tenemos una luz para dos estancias. Fácil.

Es un insignificante ejemplo, aunque creo que suficientemente ilustrativo para empezar a entender la filosofía cavila. Ya sabéis, somos así..., somos cavilas.






martes, 3 de enero de 2017

CUENTALUZ: Licencia para matar

Recuerdo que mi madre decía que el día del cumpleaños de mi abuelo Lorenzo siempre había una buena liebre o conejo en la cazuela. No disponía de licencia administrativa de caza, pero parece ser que sí se consideraba acreedor de una exclusiva o particular 'licencia' para darse un capricho ese día tan especial para él, ya que era un 'fanático' de los guisos de caza. Llevaba su escopeta escondida en una talega (saco de tela) rellena con algo de paja y así no levantaba ninguna sospecha en caso de que anduviese el guarda ese día por el monte. No conozco muchos más detalles, seguramente saldría de madrugada, para no ser visto. Sí me consta uno de los lugares donde decía mi madre que se apostaba en ocasiones, escondido dentro de una taina en un paraje con bastantes madrigueras de conejos.

Nosotros lo más que llegamos a cazar era alguna que otra rana en la charca de la dehesilla. También algún día recuerdo coger grillos que metíamos en pequeñas jaulas. Había que ir despacito cuando estaban cantando hasta localizar su pequeño agujero, luego introducir una pajita y después de mosquear al grillo durante un ratillo, el pobre bicho salía extrañado de su cobijo.

Ésto era una tontería en comparación con aquellos días que estuvimos en verano ayudando a mi tío Timoteo a quitar piedras de una tierra por la zona del hocino. Aquello ya ponía los pelos de punta. Quitábamos las piedras pequeñas y medianas y las íbamos echando al remolque. De las piedras grandes, algunas bien agarradas, se encargaba él. En ocasiones, debajo se ocultaba  la morada de alguna víbora o lagarto. Para sacarlas mi tío procedía con cuidado mientras nosotros nos subíamos a toda prisa al remolque en cuanto veíamos que por allí se movía algo. Según removía la piedra y empezaba a asomar el bicho, un poco despistado, le asestaba un buen tajo con el pico. Pero algún lagarto se escapaba y lejos de huir, se encaraba con el Teo. Le hacía frente. Empezaba un 'combate' tenso, con más improvisación que estilo por parte de mi tío, pero al final exitoso y efectivo.

Parece ser que esta zona es apta para reptiles. Mi padre contaba impresionado algunas veces que de chaval avistó por allí una culebra de grandes dimensiones. Por esa zona, por donde transcurre la cañada real Galiana, le tocaría bastantes veces ir a pastorear las ovejas. Podría tratarse de alguna culebra bastarda, que pueden alcanzar incluso más de 2 metros de  envergadura. Estas culebras las he visto más de una vez por las 'regaderas' o canales de riego de los huertos y aunque son inofensivas para el hombre nunca te lo acabas de creer.

Hay más episodios singulares de caza, y también de pesca que se los he oído comentar al Javi, aunque estaría mejor que nos lo contara él directamente. Una de estas anécdotas me parece ciertamente increíble. Quizás debería haberme asegurado antes de que no lo haya soñado. Resulta que estando un día por el monte, un jabalí, no sé si por casualidad o qué, se sintió acorralado en una zona por la que no había salida. Debía estar también por allí el Jesús. Se había bajado del tractor cuando el animal se dio la vuelta e iba directo hacia él. Pero el Jesús disponía de un arma un tanto especial, un arma imaginativa y arriesgada, pero efectiva si se sabe usar con buena técnica, aunque no creo que ésta pueda aprenderse sólo con leer las instrucciones de uso de este apero, un arado, instrucciones que ni siquiera existen. Me imagino la situación. Viene hacia tí una bestia impresionante y tú ahí en medio de la tierra con un arado en las manos, esperando a bajarlo con fuerza  para golpear su cabeza justo unas décimas de segundo antes de  llegar a ser embestido por esa fiera. Increíble ¿verdad?. Pues sí, aquí una vez más se hizo uso en Andaluz de otra exclusiva 'licencia' para matar.



domingo, 1 de enero de 2017

CUENTALUZ: Viajando con un cerdo

¿Es posible viajar con un cerdo en un Seat 850? Pues sí, os aseguro que más de una vez lo hemos hecho, sí. Pero, ¿hecho trozos? No, un cerdo entero, de unos 120 kilos. Pero si un 850 no tiene maletero... Claro que tiene poco maletero, más bien el maletero de un 850 se situaba en la parte delantera, en lo que se denomina el capó, donde puede viajar un cerdo estupendamente. Y ¿vivo? No, éso ya sería demasiado; viajaba 'dormido' plácidamente después de haber sido atravesado por el cuchillo 'de matanza' que mi padre, tras un rápido movimiento de manos para darle el último afilado (aún me parece oír ese chasquido), introducía suavemente hasta tocar su órgano vital. Suena a poesía, aunque la matanza, más bien te parece una tragedia cuando eres niño.

Aún estando a casi 200 kilómetros del pueblo costaba mucho renunciar a la matanza. Para no perder tiempo, en vacaciones de Navidad, lo mejor era llevarse el cerdo puesto al pasar  por algún pueblo con tradición porcina. Así, sin envolver, a 'lomos' del 850. Por supuesto se mataba en el mismo lugar de los hechos sin ningún problema, en cuestión de minutos. Ya en Andaluz, se echaba el cerdo al portal con un plástico debajo y mi padre empezaba a descuartizarlo. Así no era preciso ni siquiera pasar previamente por el supermercado para asegurarse la manutención de esos días.

Pero ésto no era lo normal, ciertamente, de hecho quizás lo hicimos dos o tres veces, no más, cuando mis abuelos dejaron de criarlos. Alguna matanza recuerdo de niño en Andaluz, pero no demasiadas. Sí veo con mucha claridad ese fotograma fijo con el cerdo abierto en canal y boca abajo colgado de la viga del portal de casa, esperando para seguir siendo desmenuzado al día siguiente. También sigue ahí grabada una pequeña película en la que a mi hermano y a mí nos asignaron un papel secundario, aparentemente fácil, que consistía en tirar del rabo al animal. En un escenario con el gamellón en medio del portal, mi madre con un balde para recoger la sangre para las morcillas, unos cuantos para sujetar y mi padre y alguno más trayendo el bicho chillando como un cerdo, nunca mejor dicho, con un gancho clavado en la papada, no era una representación que nos llegara a seducir demasiado. No sé si llegó a entrar el gorrino por el portal cuando mi hermano y yo pusimos pies en polvorosa y salimos corriendo a toda velocidad hasta llegar a lo alto de la Iglesia. Cuando bajamos, una vez que intuímos que aquélla escena había finalizado, la cuadrilla estaba ya pasándole el soplete por el lomo y raspando el pelo con agua hirviendo. Recuerdo que alguien dijo "vaya ayudantes que os habéis echado". 

Pero todas estas inconveniencias tenían también su contrapartida. Ese aroma y ese saborcito del caldo mondongo que resultaba de cocer las morcillas en aquellas brillantes calderas de cobre, sí que era verdadera poesía. Y las salchichas (picadillo) pasadas por la sartén, con las que se ponían a prueba los más exigentes paladares para ver si los chorizos iban a resultar en su punto de sal, era un auténtico soneto. Luego, después de dejarlas reposar se embutían y se colocaban las 'vueltas' de los chorizos en aquellas largas varas colgadas del techo y cercanas a la lumbre para que fueran cogiendo su excelente sabor ahumado. La cabeza se asaba al horno, pero la verdad que ésto no me daba muy buenas sensaciones, aunque había tajadas muy sabrosas.

Cada familia criaba uno o dos cerdos, o incluso más, en  pocilgas situadas en algún pajar próximo o anejo a la vivienda. Mi abuela Engracia los tenía en la casa vieja y mi abuela Dorotea en el corral, justo cruzando la calle. Al levantarnos por la mañana, ya estaban los pucheros de la comida al lado de la lumbre y, por supuesto también, colgado de las cadenas o llares, el caldero con las mondas de patata, verduras varias y sobras que conformaban la comida de los cerdos. Algunas veces acompañábamos a mi abuela Dorotea a echarle a los cerdos. En cuanto olían la comida ya se les oía refunfuñar, se ponían nerviosos porque estaban esperando su ración. Aquellos no viajarían en 850, bueno, la verdad es que sí,  pero ya con forma de ricos chorizos, morcillas y jamones.

viernes, 30 de diciembre de 2016

CUENTALUZ: Buscando la carabina

Hemos llegado al pueblo. Estamos en otra dimensión. Olvídate del parchís, los cromos y las canicas. ¿A qué jugamos aquí?. Creo que esta pregunta siempre ha existido en mi subconsciente desde que vi un día a los chicos del pueblo por el camino de Centenera haciendo una pequeña hoguera de la que salían cohetes descontrolados. Bueno, más bien eran botes vacíos de insecticidas de mosquitos y matamoscas que una vez introducidos en la hoguera explotaban o salían despedidos a toda pastilla. Mis padres no lo veían nada bien, pero a mí me parecía espectacular. Evidentemente, en este contexto lúdico, daba no sé qué sacar los cubiletes de la oca para ponerse a jugar.

Ir a pescar a la boquilla era un pasatiempo habitual, pero algo aburrido si lo comparábamos con tirar con la carabina de mi tío Joaquín. Pero ésto no era tan fácil de conseguir. Requería un protocolo. Era preciso pasar un buen rato buscándola, porque mi tío la escondía bien y la iba cambiando de sitio. Recuerdo que algunos de mis primos ya se sabían los escondites habituales, en un rincón de la cámara, encima del armario... Ya incluso creo que se traían de casa perdigones de los buenos, de los de copa. Y luego, como mi abuela no se fiaba demasiado, la segunda parte era convencerla. Pero al final conseguimos que nos dejara, con la condición de que no la sacásemos de casa. No había problema. Tirábamos desde  la ventana del comedor a los gorriones que se posaban enfrente, en la cerrada. Si caía alguno venía bien para la paella y hasta la abuela se ponía contenta.

Buscábamos tanto la carabina que a veces nos encontrábamos con agradables sorpresas en forma de revistas, no precisamente del corazón, pero también con mucha fotografía, hasta el punto de que en ocasiones estabas revolviendo por la cámara y ya no sabías muy bien qué estabas buscando, si revistas o la carabina. 

Recuerdo que un día le gastamos una broma a mi abuela Engracia. Ella, muy atenta, siempre nos daba muy bien de merendar. Las fuentes de chorizos (de los rojos y de los blancos), 'torrenos' y costillas en aceite siempre estaban a rebosar cuando llegábamos. Aquel día con mis primos estábamos partiéndonos de la risa con una revista, mientras mi abuela estaba en la cocina, junto a la lumbre, calentando los chorizos en la sartén. Había una foto de una chica despampanante en una actitud no precisamente demasiado religiosa. Se nos ocurrió dejarla ahí encima de la mesa y hacernos los "longuis", ¡venga! va. Se abre la puerta y entra mi abuela con la fuente de chorizos. Nosotros intentando no reirnos. La abuela deja la fuente en la mesa y aparentemente no ve nada. Pero ¿cómo podía ser?, si la revista estaba ahí en medio de la mesa y tenía una foto a toda página. No, ella sigue sin ver nada. Descojonaos de la risa. Tuvimos que decirle algo así como "¿abuela, ha visto las noticias del periódico de hoy?", momento en que mi abuela sacude un manotazo a la revista que la manda a tomar viento y se va reguñendo y enfadada. Nos partíamos el eje, pero no contábamos con una cosa. Se lo chivó a mi madre estando nosotros delante y pasé mucha verguenza. Menos mal que sólo hubo regañina.


lunes, 26 de diciembre de 2016

CUENTALUZ: Los machos

CUENTALUZ , EL CUÉNTAME DE ANDALUZ

Revolver un poco en el trastero de los recuerdos es algo que no cuesta mucho cuando sabes que te vas a encontrar cosas curiosas que han quedado ahí en el disco duro para siempre. Rememorar nuestra infancia o adolescencia en el pueblo, recuerdos imborrables, experiencias que nos impactaron, todo eso podría ser “Cuentaluz”.


LOS MACHOS

Aún hoy parece que estoy viendo a mi abuela Dorotea en el soto con un trozo de pan en la mano para atraer a los ‘machos’ (mulas) y poder ponerles la “cabezada” para recogerlos a dormir a casa. Creo que se llamaban capitana la de color pardo y la otra ...(tendré que preguntar a mis tíos). Llevarles por la carrera del soto era toda una experiencia. Y venir montado en la blanquilla, que era la más noble, era como un sueño cumplido, como si dijéramos ir al parque de atracciones.

Recuerdo que una vez nos montaron a los dos, a mi hermano y a mí, seguramente mi abuelo Lorenzo o mi padre, y anduvimos un rato hasta que el animal empezó a trotar un poco.  Así, botando de un lado a otro, ‘cagaos’ y tratando de mantener el equilibrio, poco tardamos en ir al suelo. Yo  iba atrás cogido a mi hermano por la cintura y me deslicé poco a poco por una de las patas traseras de la mula. Fue muy divertido. Disfrutaba contándoselo a mis amigos.

El animal, pues recuerdo más cuando ya quedaba sólo uno, tenía su espacio en la casa, algo habitual en el pueblo. Entraba alzando sus patas con cuidado, pues había y creo que sigue habiendo, un pequeño escalón de piedra, y muy despacio se dirigía a la cuadra.

Lo peor es que no se trataba de un espacio exclusivo para el macho, era un espacio compartido. Es decir, allí también se ubicaba  el servicio, por lo que si querías hacer ‘mayores’ tenías que dirigirte a la zona ya ‘predeterminada’, por donde ya solía haber algún montoncito que evidenciaba que alguna 'sorpresa' se encontraba debajo,  y con el ‘consentimiento’ del macho disponerte a realizar tus necesidades fisiológicas. Vamos que la intimidad de esos momentos estaba un poco forzada. Un día vinieron a recoger el estiércol de la cuadra, cuando ya se había acumulado bastante y no entendía muy bien que aquellos señores se llevaran la ‘mierda’ de casa y encima le pagaran a mi abuelo por aquella ingrata labor. Me quedé sorprendido por ello.

En la cuadra de la casa de mis abuelos paternos, Engracia y Lino, o Linos como siempre se ha conocido, recuerdo que un día mi padre nos enseñó un ternero recién nacido. No lo llevaban a pastar al soto y amamantaba de la vaca cuando venía por la tarde. A los terneros se le llamaba “jitos” no sé si sería un apócope de ‘hijito’.

Montar en el carro para ir al monte a por leña también lo recuerdo muy gratamente, otra aventura inolvidable. Otro día fuimos con mi abuelo a labrar una finca, creo recordar, por el Pradillo. Lo único que me acuerdo es de la cantidad de tacos e insultos que recibió la pobre mula por no mantener recto el surco. También ir a vendimiar a la viña que tenía en el cruce de Berlanga era otra singular actividad que sólo la podías hacer en el pueblo. Era otra oportunidad para montar en el carro.

Aunque mis abuelos tuvieron rebaños de ovejas, ya en los 70, en mi época de infancia pocas familias quedaban con ovejas. Lo único que recuerdo es que un día estuvimos viendo un rebaño que lo estaban cerrando, creo recordar por un pajar de la calle las eras que pudiera ser del tío Nemesio, pero no lo podría asegurar. De las ovejas lo que más me viene a la memoria es ver los cencerros que había colgados en la ‘cámara’ (desván), donde aún permanece alguno en la casa de mi abuelo Linos, seguramente tal cual se dejó el día que se colgaron allí.